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4 diciembre 2011 7 04 /12 /diciembre /2011 01:58
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2 diciembre 2011 5 02 /12 /diciembre /2011 04:14

gustav-klucis-youngpeople-to-the-airplanes-34.jpg

 imagen: Jóvenes rumbo a los aeroplanos.   

 

No debemos caer en el reduccionismo  de la víctima-victimario, nos advierte Enzo Traverso, pero nos seguimos encontrando con más y más víctimas del estalinismo. Gustav Klutsis (o Klucis) fue uno de los mejores artistas salidos de la VKhUTEMAS, la escuela de arte del estado, de la que fue maestro hasta su clausura en 1930. A pesar de ser un admirador de Stalin y ser miembro del partido comunista, Klutsis fue arrestado poco antes de salir rumbo a la feria mundial de Nueva York, en 1938, y ejecutado seis semanas después. No se supo de la suerte que corrió sino hasta 1989. Fue un gran artista experimental, escultor, creador de piezas multimedia y, sobretodo, un magnífico fotomontajista. Sus fotomontajes, en los que se incluía con su esposa, la también artista Valentina Kulagina, constituyen el mejor ejemplo de la otra revolución, la revolución en las artes visuales, que el burdo estalinismo no pudo tolerar, a pesar de lograr su sometimiento a los cánones del culto a la personalidad. Existe un revelador documental sobre Klutsis y su esposa, de Peteris Krilovs, Klutsis, deconstrucción de un artistalink y un avance:

 

 

   
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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 19:51
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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 18:10

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El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad.

Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.

El rocío de las yerbas moja lamentablemente nuestros zapatos, y el frescor del ambiente nos arromadiza. Los encantos de nuestra diáfana campiña desaparecen con las neblinas matinales.

La mala educación de los jefes de escolta arrebata a los fusilamientos muchos de sus mejores partidarios. Se han ido definitivamente de entre nosotros las buenas maneras que antaño volvían dulce y noble el vivir, poniendo en el comercio diario gracia y decoro. Rudas experiencias se delatan en la cortesía peculiar de los soldados. Aun los hombres de temple más firme se sienten empequeñecidos, humillados, por el trato de quienes difícilmente se contienen un instante en la áspera ocupación de mandar y castigar.

Los soldados rasos presentan a veces deplorable aspecto: los vestidos, viejos; crecidas las barbas; los zapatones cubiertos de polvo; y el mayor desaseo en las personas. Aunque sean breves instantes los que estáis ante ellos, no podéis sino sufrir atrozmente con su vista. Se explica que muchos reos sentenciados a la última pena soliciten que les venden los ojos.

Por otra parte, cuando se pide como postrera gracia un tabaco, lo suministrarán de pésima calidad piadosas damas que poseen un celo admirable y una ignorancia candorosa en materia de malos hábitos. Acontece otro tanto con el vasito de aguardiente, que previene el ceremonial. La palidez de muchos en el postrer trance no procede de otra cosa sino de la baja calidad del licor que les desgarra las entrañas.

El público a esta clase de diversiones es siempre numeroso; lo constituyen gente de humilde extracción, de tosca sensibilidad y de pésimo gusto en artes. Nada tan odioso como hallarse delante de tales mirones. En balde asumiréis una actitud sobria, un ademán noble y sin artificio. Nadie los estimará. Insensiblemente os veréis compelidos a las burdas frases de los embaucadores.

Y luego, la carencia de especialistas de fusilamientos en la prensa periódica. Quien escribe de teatros y deportes tratará acerca de fusilamientos e incendios. ¡Perniciosa confusión de conceptos! Un fusilamiento y un incendio no son ni un deporte ni un espectáculo teatral. De aquí proviene ese estilo ampuloso que aflige al connaisseur, esas expresiones de tan penosa lectura como “visiblemente conmovido”, “su rostro denotaba la contrición”, “el terrible castigo”, etcétera.

Si el Estado quiere evitar eficazmente las evasiones de los condenados a la última pena, que no redoble las guardias, ni eleve los muros de las prisiones. Que purifique solamente de pormenores enfadosos y de aparato ridículo un acto que a los ojos de algunos conserva todavía cierta importancia.

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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 02:55
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30 noviembre 2011 3 30 /11 /noviembre /2011 02:36
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28 noviembre 2011 1 28 /11 /noviembre /2011 21:32

Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito  R.L.V

 

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Pero a Zapata lo amamos por su mito, mezcla de lancero medieval y cowboy americano; jinete sin igual aunque guerrero sin grandes méritos en campaña. Poco nos interesa que el Plan de Ayala (publicado un día como hoy, hace cien años) no fuese sino uno más de los factores que propiciaron la caída de Madero en 1913, y hacemos como si todos los revolucionarios hubiesen luchado juntos en contra de un mismo enemigo. Pero, si queremos hacer uso de categorías y conceptos validos y empíricamente verificables, no podemos seguir afirmando la existencia de 'La Revolución', con mayúsculas, solo existieron acontecimientos constatables como lo fue el golpe de estado contra Madero y una guerra civil, como su consecuencia, es decir, enfrentamientos específicos y reacomodos de grupos de poder. Así, leemos en el Plan de Ayala:

2.° Se desconoce como Jefe de la Revolución al C. Francisco I. Madero y como Presidente de la República, por las razones que antes se expresan, procurando el derrocamiento de éste funcionario.

3.° Se reconoce como Jefe de la Revolución libertadora al ilustre C. General Pascual Orozco, segundo del caudillo Don. Francisco I. Madero, y en caso de que no acepte este delicado puesto, se reconocerá como Jefe de la Revolución al C. General Emiliano Zapata.

 

Finalmente, Orozco terminó apoyando la contrarrevolución, es decir, a Victoriano Huerta, y la 'revolución' comenzó a dar tumbos y pasar de traición en traición. Pero Zapata vive como un mito. Es la encarnación del héroe mexicano, representa la pureza de los ideales no vendidos, el valor de la tierra cultivada con las propias manos (aunque él fuese un caballerango y su inspiración como caudillo surgiese de los plateados de Yautepec, un grupo de bandoleros); es pues más que un lider rebelde, es un  arquetipo del 'ser mexicano'  y como tal resulta indestructible en la memoria popular. En la película de Elia Kazan, Zapata, interpretado por Marlon Brando, representa, incluso, a la revolución misma. Una revolución traicionada, ciertamente (de la que formó parte la propia traición de Zapata a Madero).

 

Emiliano_Zapata_1952.gif

 

imagen: Viva Zapata, de Elia Kazan. Marlon Brando y Anthony Quinn, como Emiliano y Eufemio Zapata. 1952   

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27 noviembre 2011 7 27 /11 /noviembre /2011 18:33

nicholas_bethell.jpg La historia de la Europa bélica escrita por Nicholas Bethell me resultó muy distante de la que nos presenta el crítico norteamericano Edmund Wilson. Nada de romanticismo ni de genios queriendo hacer la historia. Nada del espíritu gentle que convertía el avance de las ideas revolucionarias en una novela histórica. El segundo libro de Bethell, La guerra que Hitler ganó (1972) trata sobre el estallido de la Segunda Guerra Mundial, particularmente de la invasión a Polonia, en Septiembre de 1939. Su investigación pareciera tener un propósito diametralmente opuesto al de Wilson: desmitificar la historia, mostrando todo el cinismo diplomático que estuvo detrás del  pacto ruso-alemán (el famoso pacto Molotov-Ribbentrop, firmado el 23 de Agosto de ese año, poco antes de que estallara la guerra), así como los planes ocultos (en una versión secreta del pacto) para borrar del mapa a Polonia y convertir a sus habitantes en esclavos del Reich.

Pero Nicholas Bethell no fue un historiador más. Hijo del Barón de Bethell, heredó el lugar de su padre en la Cámara de los Lores. Pasó de ser un político conservador a un activista de derechos humanos, en el parlamento europeo. Fue un experto en estudios eslavos. Su traducción de la novela El pabellón del cancer, de Aleksandr Solzhenitsyn (al parecer sin autorización de su autor), fue motivo de una gran controversia en Inglaterra, pues ocasionó que el escritor ruso fuese molestado por el gobierno soviético y su traductor acusado de servir a la KGB. Bethell se vengó escribiendo The Last Secret, sobre la repatriación forzada de rusos, como parte de los compromisos firmados por Inglaterra en el tratado de Yalta. Repatriación que le costó la vida a muchos de ellos: cosacos, socialrevolucionarios, anarquistas, monárquicos, etc. Bethell fue un duro anticomunista pero también un apasionado defensor de los disidentes rusos. Fue uno de los primeros periodistas en entrevistar a Nelson Mandela al salir de prisión. Murió en 2007, víctima de Parkinson, a la edad de 69 años. 

 

the_last_secret.jpg 

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27 noviembre 2011 7 27 /11 /noviembre /2011 03:05
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26 noviembre 2011 6 26 /11 /noviembre /2011 00:38

edmund-wilson

 

21 de Diciembre de 1940: el novelista F.S. Fitzgerald, de 44 años de edad, autor de El Gran Gatsby y Tierna es la Noche, entre otras novelas, es encontrado muerto, víctima de un infarto, en la casa de su amante, una cronista de espectáculos de Hollywood, con quien vivía. Su gran amigo, Edmund Wilson, uno de los críticos más influyentes en su tiempo en los Estados Unidos, se dedicará a recopilar las cartas, poemas, relatos cortos y artículos de Fitzgerald para componer The Crack-Up (1942), libro de culto entre los escritores americanos y cuyo relato principal, del mismo nombre, ha llamado la atención de pensadores como Cioran y Deleuze. Relato y comentarios que merecen una nota aparte. Pero Wilson, de méritos propios, había publicado ese mismo año un ensayo de largo aliento que se ha convertido en un clásico por su enorme calidad literaria. Me refiero al libro Hacia la estación de Finlandia, que lleva por subtítulo: Ensayo sobre la forma de escribir y hacer historia. Ciertamente, dicho subtítulo no hace referencia, como algunos malpensados podrían imaginar, a las cualidades del texto de Wilson, sino a los autores ahí analizados. Wilson ve la historia como una parábola, en el doble sentido del término: son los hombres que comprenden el movimiento de la historia humana los que son capaces de transformarla. Antes de que la conciencia de los ciclos históricos surgiera en las reflexiones de Giambattista Vico, el pensamiento occidental adjudicaba al designio providencial el desenlace de los acontecimientos históricos. Es por ello que la conciencia de cambio parecía contravenir dichos designios. Todo cambio social, como lo son las revoluciones, era obra del demonio. Pero cuando Jules Michelet lee a Vico encuentra un modelo para pensar los cambios históricos, entendidos ya no como catástrofes sino como la expresión de una voluntad humana creándose así misma.

A Wilson le fascinaba la forma en la que Michelet escribía historia. Era la escritura de un novelista, no la de un investigador. Los seres humanos se vuelven en ella protagonistas y deciden cambiar el mundo, para ello inventan el culto a la revolución. De Michelet a Enfantin, Proudhon, Bakunin, Marx, Engels y Lenin, el mismo culto parece inspirar la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Pero Wilson va más allá de su 'maestro' y nos ofrece un relato pormenorizado de cómo dicho culto también cambió sus vidas. Estos hombres no son meros receptáculos de ideas sino seres de carne y hueso con penurias, enfrentamientos y convicciones. Marx y Lenin, por ejemplo, adquieren una dimensión humana y hasta 'doméstica', que resulta muy distante de aquella otra  imagen prometeica a la que estamos acostumbrados, y por momentos sorprende al lector menos informado. Marx, decepcionado y ahogado en deudas, estuvo a punto de mandar todo su proyecto comunista a la basura. Lenin, en el relato de Wilson, pareciera perpetuar en toda su acción revolucionaria una venganza simbólica: la muerte de su hermano a manos del zar.  Cuando apareció Hacia la estación de Finlandia (1940), la guerra fría, a la que se opuso más tarde Wilson, aún no comenzaba. Eran los años de romance entre los aliados, y los norteamericanos aún estaban abiertos a leer opiniones críticas sobre el mundo soviético (ver el documental de Leyda, más abajo). Aún no se desataba la paranoia anticomunista que vendría con el macartismo. Afortunadamente, el libro de Wilson, con la autocrítica que éste escribió para la edición de 1971, superó las contradicciones políticas de su tiempo y hoy puede ser leido como un clásico (por lo menos así lo leí yo....pienso en su cercanía con El desarrollo de las ideas revolucionarias en Rusia, de Herzen, otro clásico). link  (documental de Jay Leyda: Moscow strikes back (1942)

 


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