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21 agosto 2012 2 21 /08 /agosto /2012 02:51

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Willy Ronis nació en una familia culta. Su padre era fotógrafo profesional, retocador de negativos y aficionado al bel canto; su madre era profesora de piano. En la infancia saboreó los aromas de la música y los secretos del laboratorio, pero además le encantaba dibujar y era un visitante asiduo del Louvre. Su padre le regaló muy pronto una cámara Kodak de 6.5 x 11, y él mismo tenía la curiosidad de visitar la librería La Pléïade, donde buscaba las grandes ediciones de fotografía. Hacia 1932, tras regresar del servicio militar, su padre enfermó y le rogó que se hiciese cargo del negocio. Willy Ronis no se conformó con la foto de estudio, sino que buscaba otros motivos de inspiración en las montañas (sus primeras fotos, primorosas de composición, de texturas, de líneas, recuerdan a las del aragonés Aurelio Grasa) y en las calles de París. Paseando de aquí para allá, con una inagotable curiosidad, Ronis lo captaba todo: las sombras de cine negro de la ciudad, al modo de Brassaï; las estampas idílicas de las meriendas en el campo o de los baños a orillas del río; atrapaba la vida cotidiana casi a la manera de Robert Doisneau. Hemos citado algunos nombres de grandes maestros, con los que colaboró en distintas revistas, porque en Willy Ronis hay un poco de ambos, y de Henri Cartier-Bresson. Y de Robert Frank. Es un fotógrafo de vasta inspiración, de amplio registro, cuya características esenciales podrían resumirse en dos sustantivos: evocación y profundidad.

Poco antes de la muerte de su padre en 1936 conoció a David “Chim” Seymour (que sería uno de los fundadores de Mágnum), que venía a revelar a su estudio, y al ya citado Capa. Adquirió un Rolleiflex y decidió abandonar el negocio: quería ser fotógrafo independiente. Trabajó para “Plaisir de France”, donde publicó su primer reportaje, “Ce Soir” o “Regards”, fue testigo de la guerra civil española, más bien episódico, y realizó numerosos viajes por diversos países del Mediterráneo. Como era judío, tuvo que huir de los alemanes; de 1941 a 1944 hizo asumió la dirección de escena de una compañía de teatro, fue ayudante de escenografías en el cine. Regresó a París y vivirá hasta 1960 una etapa de esplendor y de colaboración con muchas publicaciones, como “Vogue”, “Life”, e incluso fue reclamado por el empresario Raymond Grosset para que trabajase con Brassaï o Doisneau, entre otros. En 1947 se había hecho acreedor al premio Kodak, y diez años después recibió la Medalla de oro de la Bienal de Venecia. Tres años antes había publicado “un libro de culto” como “Belleville-Ménilmontant”, que mereció elogios de profesionales. El volumen, que cosechó grandes éxitos de la crítica y un importante fracaso comercial, recoge algunas de las constantes de Ronis: la luz y la felicidad, la melancolía y la sombra, una mirada esencialmente humanista. Ronis siguió trabajando, dejó París a principios de los 60, vivió algunas “horribles experiencias con los editores” y prácticamente hasta 1981 no se recupera del todo su labor. Fue en ese año cuando recibió el premio Nadar, y posteriormente recibiría los grandes galardones del Gobierno Francés, al que le donó sus archivos con efecto póstumo.

Su libro, redactado por el periodista e historiador de la fotografía Jean-Claude Gautrand, propone un viaje extraordinario al mundo de la foto en blanco y negro. Willy Ronis parece dominar cualquier disciplina: el reportaje, el retrato, el desnudo, las fotos de niños, las estampas parisinas. Posee una sensibilidad especial, un acusado sentido de la perfección y del detalle, y tal como dijo Régis Debray supo arrebatarle al material efímero de la vida “algo eterno e imborrable”, quizá porque fue, quiso ser, sobre todo, un artista que captaba la humanidad y el idioma del corazón delator cada vez que miraba a través del objetivo. (Antón Castro)

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21 agosto 2012 2 21 /08 /agosto /2012 02:18
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20 agosto 2012 1 20 /08 /agosto /2012 01:36

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Larry Mekong

 

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20 agosto 2012 1 20 /08 /agosto /2012 01:12
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19 agosto 2012 7 19 /08 /agosto /2012 17:16

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La historia de los acontecimientos ha cedido lugar a una historia estructural, por llamarle de alguna manera, en la que los eventos temporales brillan por su ausencia o son vistos a la luz de otra historia, una historia casi geográfica, casi demográfica. Desde el surgimiento de la historia económica y la historia de las mentalidades, el acontecimiento histórico fue relegado al reportaje periodístico y fueron los corresponsales de guerra los que pormenorizaron los eventos e intentaron darnos una visión temporal de los mismos. Cierto es que los historiadores llegan más tarde, cuando se abren los archivos y se contempla lo que fue el campo de los acontecimientos como se explora arqueológicamente una ruina. Lo hemos visto al reseñar la cultura visual de la Gran guerra.

Pero Vietnam fue diferente, la guerra con los Estados Unidos creó una literatura a su alrededor que se ha convertido en algo así como las 'cartas de relación', las historias y las crónicas de guerra de los vencedores. No podemos estudiar Vietnam sin remitirnos a dicha literatura. Pero además la relación  Estados Unidos-Vietnam se asemeja mucho a la del Imperio español con el territorio conquistado de Mesoamérica. Fue una conquista no solo material-bélica sino espiritual. Españoles y estadunidenses pensaban que estaban extirpando un mal de los territorios invadidos: el demonio, en un caso y el comunismo, en el otro. Ambos imperios no sabían prácticamente nada del territorio ocupado y contemplaban a sus pobladores como seres inferiores y redimibles. Ambos imperios pregonaban que la verdadera causa de su presencia en la tierra del mal no era la avaricia o el interés mezquino, sino la persecución de un "destino manifiesto'. Ambos imperios prestaron oídos sordos al discurso del otro y se limitaron a imponer un juego geopolítico facturado a miles de kilómetros de distancia. Quizás el equivalente más cercano a las crónicas oficiales del siglo XVI sea el libro Viet Cong, de Douglas Pike, el texto oficial que todos los involucrados en la guerra de Vietnam leían antes de tomar decisiones sobre la misma. La mayoría de los soldados que llegaban a Vietnam leían, sin embargo, un manual de no más de cien páginas elaborado por el Departamento de Defensa, que les informaban muy poco de la guerra que iban a enfrentar. Como señala Jonathan Mirsky:

 

“Most American soldiers landing in Vietnam in the 1960s were handed a ninety-three-page booklet called A Pocket Guide to Vietnam. Produced by the Department of Defense, it described how small, well-proportioned, dignified, and restrained Vietnamese people are, how the delicately-boned local women appear in their flowing national dress, how Vietnamese love tea, and don’t like slaps on the back, how they excel at cooking fish.”

 

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Ciertamente, la guerra de Vietnam trajo también sus detractores y, como en la famosa polémica de Las Casas y Sepúlveda, en el siglo XVI, se crearon muy serios enfrentamientos intelectuales entre aquellos que cuestionaban la guerra y sus abusos y los defensores de la política exterior de lo Estados Unidos, sobretodo después de que se conocieran los documentos del Pentágono. Todavía hoy el reaccionario (y excomunista) David Horowitz afirma que la guerra de Vietnam se pudo ganar de no ser por la generación antipatriota que le tocó ir al frente, y de no ser por la crítica de algunos periodistas e intelectuales que se pusieron del lado del enemigo. Pero la realidad fue mucho más contradictoria y compleja que la visión retorcida de Horowitz. La guerra de Vietnam fue una marca en la conciencia del pueblo estadunidense.

En 1966, Frances FitzGerald llegó a Vietnam a los 25 años de edad, como corresponsal de guerra del Atlantic Monthly. del New York Times y del Village Voice. Hija de un alto funcionario de la CIA, era una de las pocas mujeres acreditadas en aquella guerra iniciada dos años antes. Aunque solamente permaneció aquel año en Vietnam, continuó su conocimiento del país con el historiador francés Paul Mus, por entonces en los Estados Unidos, y autor de una obra fundamental sobre la presencia francesa en aquel país del sudeste asiático (Viet-Nam: Sociologie d'una guerre). El resultado de su trabajo fue una obra sobresaliente titulada El Lago en LLamas, Imperialismo y Revolución en Vietnam, ganadora del premio Pulitzer y el National Book Award de 1973. El libro es destacable por su mezcla de crónica periódistica, reportaje e investigación histórica. En este sentido es muy superior a las crónicas de Mary Mcarthy o al libro de Gloria Emerson: Winners and Losers. El Lago en LLamas posee una sabiduría especial, conecta con el sustrato espiritual de Vietnam pero sin buscar redención alguna para ninguna de las dos partes. La conclusión de la guerra que ya se avecinaba pareciera ser casi de película, como la propia Frances FitzGerald lo menciona, pues tanto al gobierno estadunidense como al de Vietnam del sur se les terminó el crédito. El pueblo norteamericano no quiso sufragar los gastos de una guerra inútil que se había prolongado ya por cerca de diez años y sus representantes presionaron al ejecutivo para encontrar una salida negociada al conflicto (la guerra concluiría un año después de publicado el libro de FitzGerald, sin que el gobierno de Nixon reconociera su derrota).

Quinientas páginas de información densa sobre la guerra y sus actores políticos y militares que ya habrá tiempo de comparar con otras fuentes en la siguiente entrega.


 

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19 agosto 2012 7 19 /08 /agosto /2012 01:52

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Entre 1944 y 1966 el escultor Isamu Noguchi y la coreógrafa Martha Graham colaboraron en varias puestas en escena de las que son testimonio estas fotografías. Es interesante observar la interacción del escenario escultórico de Noguchi con los bailarines de Graham. Noguchi y graham se conocieron en 1929, el mismo año que Noguchi conoció en la taberna rusa de Romary Marie a Buckminster Fuller. Además Noguchi hizo dos bustos de la destacada coreógrafa; su conocimiento del mundo de la danza le permitió conocer el arte de la escenografía y trabajar con otros distinguidos coreógrafos como Merce Cunnigham, Erick Hawkins y George Balanchine. Noguchi terminó diseñando alrededor de 20 escenografías para Graham, a lo largo de tres décadas, incluyendo las  de su serie basada en la mitología griega -El Corazón de la Caverna (1946), Errando en el Laberinto (1947), Viaje Nocturo (1947), Clitemnestra (1958), Alcestes (1960) y Fedra (1962)- junto a coreografías para Herodiada (1944), Judith (1950)Diálogo Seráfico (1955), y Jardín en Guerra (1958). Al respecto, Noguchi opinaba de su experiencia en el escenario:

 

'We breathe in, we breathe out, inward turning, alone, or outgoing, working with others, for an experience that is cumulative through collaboration. Theater is the latter kind. My interest is the stage where it is possible to realize in a hypothetical way those projections of the imagination into environmental space which are denied us in actuality...There is joy in seeing sculpture come to life on the stage in its own world of timeless time. Then the air becomes charged with meaning and emotion, and form plays its integral part in the re-enactment of a ritual. Theater is a ceremonial; the performance is a rite. Sculpture in daily life should or could be like this. In the meantime, the theater gives me its poetic, exalted equivalent.'

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19 agosto 2012 7 19 /08 /agosto /2012 01:26

beach-fence--wellfleet-cape-cod-dapixara-art.jpg

 
 

1.
 
También tienes tu idioma,
    inquietante popurrí de chasquidos
       ululatos y trinos,
llamados de ubicación y de amor,
    silbidos y gruñidos.  Ocasionalmente,
 es el ruido de muebles destrozándose,
o el crujir de una puerta enmohecida,
    sonidos que se derriten, todos, en una líquida
        canción de infinitas variaciones,
como para  compensar
    la vasta soledad de los mares.
        Una voz inmaterial irrumpe a veces,
como de lejanos arrecifes,   
    y escucharla es casi intolerable 
       con su ancho lamento enlutado,
su tristeza sin nombre, que a la vez excede
    y no alcanza lo humano.   Su rumor
       se arrastra en el oído como 
un disco deteniéndose.
 
 
2.
 
No hubo viento. Ni olas.  Ni nubes.
   Sólo el murmullo de la marea,
       retirándose, acariciando la orilla, 
una perezosa corriente de gaviotas en lo alto,
    y puntos mínimos de luz 
       burbujeando en el canal.
Fue en el confín del verano.
    Te deslizaste desde la boca del puerto
        hasta donde pudimos verte,
destellando la noticia de tu advenimiento,
    cortando la superficie diamantina 
       con el creciente de tu aleta dorsal.
Aplaudimos tal esplendor
    cuando hizo erupción  la negra barrica 
         de tu cabeza, embistiendo las aguas,
y floreciste para nosotros
    en la alta fuente de tu  respiración.
 
 
3.


Toda la tarde nadaste, 
    incansable,  contornando la bahía,
       con tan plácido movimiento,
los leves giros de tu aleta caudal,
    y la tenue ondulación de las dorsales,
hacían pensar en una cosa vertida,
    y no guiada; en el feliz matrimonio
        de la gracia y el vigor
Y cuando elevaste tu salto por los aires,
    batiendo las aletas ,
       sentimos el placer de contemplar
la pura encarnación de la energía
    en la nobleza de la forma.
Parecías no querer que te viésemos
    con empatía, ni amor,
       ni comprensión,
sino con asombro y sobrecogimiento.
 
Esa noche te contemplamos
    nadando bajo la luna.
       Tu espalda era de un gris fundido.
Adivinábamos tu paso silencioso
    por la fosforescencia de su estela.
Al amanecer te hallamos varado entre las rocas.
 
 
4.
 
Un muchacho se acercó y luego un hombre
    y aún llegaron otros corriendo, y dos
       niñas de colegio,  con trajes amarillos
y un ama de casa acicalada 
    con sus rollos, y familias completas en vehículos 
       de playa, con un surtido de perros aullando.
La marea se había apartado completamente.
    Era posible rodearte a pie, 
         mientras tus pesados suspiros te hundían en el bajo,
clavado por tu propio peso,
    colapsado en ti mismo,
       tus aletas estremeciéndose 
en temblores,  tu espiráculo
    burbujeando espasmódicamente, rugiendo.
       En la fosa abierta de tu boca
se descubrían las barbas alambradas,
    un penacho de cerdas como cuernos.
       Cuando el  Encargado de Mamíferos
llegó desde Boston
    para tomar unas muestras de tu sangre
        ya rezumabas por debajo.
Alguien había tallado sus iniciales 
    en tu flanco.  Los buscadores de souvenirs
      habían arrancado tiras de tu piel,
membrana delgadas como el papel.
    Estabas ampollado y herido por el sol.
        Las gaviotas te habían estado picoteando.
El ruido que hiciste fue un balido irregular y ronco.
 
¿Qué nos atrajo, como un imán, hacia tu muerte?
   Creaste un vínculo entre nosotros,
       centinelas de la guardia nocturna,
que te rodeamos en círculo,
   embriagados a la luz de la hoguera.
        Cuando llegaba el alba compartimos
 contigo la hora de tu desolación,
    la  pasión tenaz y gigantesca 
         de tu clamor de ultramundo,
mientras echabas tu cabeza ciega
    hacia nosotros y abrías laboriosamente
         un ojo inyectado de sangre, brillante,
en el que nadamos con pavor y reconocimiento.
 
 
5.
 
Viajante, jefe del mundo pelágico,
    trajiste contigo el mito
       de un país lejano, recordado apenas, 
en el que reptiles voladores
   atravesaban el vapor de los fangos 
       y los lagartos del trueno con sus trompetas
se regodeaban en los cañaverales.
 
   Mientras sobre la tierra se erigían y desplomaban imperios,
       tu patria, que dio pecho al mar abierto,
se meció al ritmo consolador 
    de las mareas.  ¿Quiénes, de nuestros ancestros, fueron los primeros 
       en hundirse dentro de aquellos coloreados crepúsculos
para escudriñar el fondo de la oscuridad?
    Te extendías por el camino del Atlántico del Norte 
       desde Puerto España hasta la Bahía de Baffin
bordeando los témpanos de hielo
    atravesando el grosor estival,
       golpeando el agua con tu cola, elevándote en el aire, voceando,
pastando en las dehesas del mar

    un plancton anaranjado, rico en krilles
       y crujiente de vida.

Descendiste por la plataforma continental
    guiado por el sol y las estrellas
       y el sabor de los sedimentos aluviales
en tu camino hacia el sur
     hacia las temperadas lagunas,
       el trópico del deseo,
donde los amantes yacen vientre a vientre
en la sensual refriega de su deporte;
       y te diste la vuelta, como un dios exiliado,
apartado del ancho elemento primigenio,
    cedido a la misericordia del tiempo.
         Maestro de las rutas de las ballenas,
permite que las alas blancas de las gaviotas
    extiendan su manto sobre tu cuerpo.
         Te has convertido en nuestro semejante,
desgraciado y mortal.

 

versión Rossana Plessmann

imagen: cabo de Wellfleet

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