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2 mayo 2013 4 02 /05 /mayo /2013 00:42

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Siempre adoré la fotografía. Como te dije, de niña me llevaban, pero de grande iba sola. Me hice retratar en los mejores estudios, aquí, en París, en New York, Estas poses de Schonfeld me parecen buenas. ¿Què opinás? Además, siempre estuve rodeada de fotos. ¡Lástima que no tengo fotos de Shakespeare o Dante! Pero de mis otros amores y de mis amigos tengo montones.Les pedía que me dieran como recuerdo, los tomaba yo misma, hasta les hice tomar fotos especialmente para mí, porque no me gustaban las que tenían. Sabés bien lo ocurrido con Virginia Woolf. La conocí, mirá vos, en una exposición de fotos de Man Ray en Londres, en 1934. Nos presentó Aldous Huxley. Virginia se enojó a muerte porque la obligué a posar para Giséle Freund. Se equivocó. Gisèle le captó esa mirada única y gracias a mi insistencia, a mi cabeza dura, la tenemos para siempre.

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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 05:48

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Oliverio girondo

 

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1 mayo 2013 3 01 /05 /mayo /2013 05:28

juan di sandro1960

 

La noche nos impone su tarea

mágica. Destejer el universo,las ramificaciones infinitas

de efectos y de causas, que se pierden

en ese vértigo sin fondo, el tiempo.

La noche quiere que esta noche olvides

tu nombre, tus mayores y tu sangre,

cada palabra humana y cada lágrima,

lo que pudo enseñarte la vigilia,

el ilusorio punto de los geómetras,

la línea, el plano, el cubo, la pirámide,

el cilindro, la esfera, el mar, las olas,

tu mejilla en la almohada, la frescura

de la sábana nueva, los jardines,

los imperios, los Césares y Shakesperare

y lo que es más difícil, lo que amas.

Curiosamente, una pastilla puede

borrar el cosmos y erigir el caos.

 

imagen: Juan Di Sandro, Mar del Plata, 1960

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29 abril 2013 1 29 /04 /abril /2013 23:02

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03 Antonio Berni Domingo en la chacra

 

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28 abril 2013 7 28 /04 /abril /2013 03:49
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27 abril 2013 6 27 /04 /abril /2013 18:58

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“En uno de sus libros, Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo” (Rayuela)

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27 abril 2013 6 27 /04 /abril /2013 06:31

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La iconografía más antigua de toda ciudad es semejante a una cárcel. Antes de fundarse Buenos Aires la cárcel estaba, como la encina en la bellota, en la nave capitana de don Pedro de Mendoza. Había allí casi todo lo que después habría en tierra firme, naturalmente que según otros planes. También había un presidio flotante; y una de las primeras construcciones en tierra firme fue la cárcel. Los soldados libres no eran aún ciudadanos cuando los presidiarios eran ya presidiarios desde antes del desembarco. Algunos descendieron a tierra para cambiar de calabozo.

El habitante oriundo de toda ciudad es el que está preso, el ciudadano en grado absoluto; y el dueño absoluto de la ciudad es el que lo vigila. Si la ciudad es una cárcel inmensa de donde se puede salir y entrar con pocas restricciones además de que siempre se lleva al pie el grillete de las obligaciones urbanas, el vigilante era el dueño de la ciudad antigua en tanto la vida se refugiaba en las casas. El dueño actual, cuando ya la ciudad se ha instalado en la calle y está constituida ante todo el movimiento y la actividad, es el chofer. Uno y otro encarnan el ejercicio de derechos natos: residir y transitar. De donde la específica rivalidad entre el viejo y el nuevo dueño.

(La cabeza de Goliat)

 

imagen: Presos en la cárcel de Ushuaia, alrededor de 1940, clausurada por Perón años más tarde.

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26 abril 2013 5 26 /04 /abril /2013 04:57

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A fines del siglo XIX Buenos Aires era todavía la ciudad que describieron Lucio V. López y Fray Mocho, un mundo exclusivamente cerrado y local, reducido a las dimensiones de un barrio donde todo estaba cerca, todos se conocían y participaban, en una pegajosa intimidad, de la vida del vecino, donde cada uno estaba obligado a desempeñar un solo papel en una sola única situación. Las relaciones interhumanas eran inevitablemente triviales, tal como ocurre cuando los hombres están en contacto inmediato, en un ámbito demasiado familiar sin el mínimo espacio, sin la mediación de una sociedad organizada necesaria para el surgimiento de conflictos dramáticos, de tensiones externas. Pero, después de la Primera Guerra Mundial, la ciudad agrandada por la inmigración comenzó a a volverse anónima e impersonal: el prójimo, que no era ya el conocido, se volvió inquietante, la ciudad se pobló de caras extrañas y nada se sabía sobre el vecino. Cada uno desempeñaba una multiplicidad de papeles en una multiplicidad de siutaciones: surgió, de ese modo, una escisión entre la vida pública y la vida privada, y permitió aun la existencia de una vida secreta. La calle, de patio familiar que era, pasó a ser tierra de nadie, una encrucijada, donde cualquier cosa podía ocurrir a la vuelta de cada esquina. El anonimato asegurado por la aglomeración y las inusitadas posibilidades de ocultación y de secreto en la gran ciudad -similar en esto a una jungla enmarañada, con sus recovecos, sus vericuetos, sus escondrijos- han sido condiciones favorables para una vida más múltiple, variada y peligrosa, con conflictos y antagonismos agudizados, con infinitas posibilidades para el drama y la aventura.

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25 abril 2013 4 25 /04 /abril /2013 23:36

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La Biblioteca Nacional acaba de publicar un facsímil de la revista Contorno con un prólogo lúcido e irónico de quien fuera su codirector, Ismael Viñas, que tal vez moleste a algunos colaboradores o lectores de la revista. Contorno surgió del clima singular de los años 50, cuando la acción política prohibida encontraba un sucedáneo en las actividades culturales. Sus antecedentes estaban en el ambiente universitario, en la revista del centro de estudiantes de la UBA, en el fracasado proyecto de Las ciento y una, dirigida por H.A. Murena, en las discusiones de la bohemia de los cafés literarios de la calle Viamonte. 

Eran los años de boga del existencialismo, y como tal se describía toda actividad cultural no conformista. Tanto Ismael como David Viñas aclararon que Contorno, contra la opinión corriente, no tuvo una influencia sartreana, con la excepción de Oscar Masotta, Carlos Correas y yo que, además, constituíamos un subgrupo al margen del grupo central. 

No puedo eludir la referencia personal al hablar de Contorno, puesto que uno de los participantes en el film documental sobre David Viñas [David Viñas, un intelectual irreverente, de Pablo Díaz, N. de R.] sostuvo que yo presumía de mi incidencia en esa revista. Esta intencionada afirmación no es compartida por Ismael Viñas que, por el contrario, sostiene en el prólogo que mi intervención tuvo un carácter “prominente”. Un detonador de la orientación contorniana, tal como lo señala también Ismael Viñas, fue mi articulo “Celeste y colorado”, publicado paradójicamente en la revista Sur, destinada a convertirse en la antagónica de Contorno

También David Viñas, en una entrevista con Beatriz Sarlo, reconoció que realicé “casi todo el programa de la revista”. Algunos estudiosos consideraron asimismo, mi artículo publicado en la primera página del primer número, como un manifiesto de los contorneanos nunca escrito porque faltaban programas prefijados y acuerdo entre sus colaboradores, ni aun entre los Viñas. Ismael señala “el error de quienes nos ven como ‘los hermanos Viñas’, no como individuos, sino como algo así como siameses”. Sus vidas se desarrollaron por distintos caminos, David se inclinó por la ficción y la critica social de la literatura argentina; Ismael, luego de sus preocupaciones iniciales por la poesía, optó por la militancia y la teoría social y económica. También las opciones políticas de los dos hermanos fueron disímiles. 

Los números de Contorno dedicados a Roberto Arlt y a Martínez Estrada, los reiterados ataques a Eduardo Mallea y la total ausencia del nombre de Borges –salvo una breve nota de Ismael acerca de un cuento muy secundario– reflejaba el clima intelectual de la época. El reconocimiento de Arlt –que no había logrado en vida– fue en parte consecuencia del fervor de algunos jóvenes de la década del 50, aunque, por diversos motivos, en algunos casos porque descubríamos en él a un precursor de Sartre. David Viñas lo tomaba, en cambio, como figura de choque contra los atildados escritores del establishment como Mallea, incluso por el uso del voseo. La implantación en la literatura de un lenguaje argentino o rioplatense fue uno de las constantes de los contornianos y tema de un polémico artículo de Oscar Masotta en el tercer número. 

Martínez Estrada, aunque redescubierto por un miembro de Sur, H.A. Murena, conoció su verdadero apogeo en los años 50 con la nueva generación contestataria que lo veía como al Sarmiento del siglo XX Su auge unía a los opuestos –Sur y Contorno– en la boga literario filosófica de la búsqueda de la “identidad nacional”. La faceta irracionalista de esta tendencia no faltó en Contorno a través de los textos de F.J. Solero y de Rodolfo Kusch, dos incondicionales de Murena. 

El silencio respecto a Borges era también muy significativo de la época. Borges fue ajeno a esa generación, lo veíamos como un sobreviviente del ludismo del grupo martinfierrista. Nos parecía más útil atacar a Mallea que era entonces más leído e influyente que Borges. David Viñas lo admitió años después: “A mí Borges no me interesaba, la polémica era con Mallea, a quien se le veía mucho más que a Borges”. Los tiempos han cambiado desde entonces, Borges se convirtió en un ícono intelectual, en tanto que Mallea ha sido olvidado. 

Si no hubo una ideología definida de Contorno, puede decirse que reflejó, antes que nada, una actitud, un estado de ánimo de ciertos sectores intelectuales. Los contorneanos se oponían, en el plano literario, por igual al costumbrismo, al realismo socialista, al formalismo y al surrealismo. En el plano político rechazaban el elitismo de las clases altas conservadoras, el nacionalismo católico, la esclerosada izquierda ortodoxa, incluido el incipiente nacionalismo de izquierda, criticado por Ramón Alcalde en su nota sobre Jorge Abelardo Ramos. El rechazo a la cultura oficial peronista –incidía la influencia de los antecedentes radicales de los Viñas– no podía ser explícito porque hubiera significado la clausura de la publicación y, tal vez, la cárcel de sus responsables. Sólo después de la caída de Perón le fue dado dedicar un número al peronismo, donde Ismael manifestaba el desencanto por la llamada Revolución Libertadora y Tulio Halperin Donghi se incorporaba a la revista con un certero análisis del peronismo. 

Después se produjo en algunos miembros del comité de redacción la efímera seducción por el frondizismo. A Frondizi, político pragmático, no le interesaban los intelectuales ni las ideas, buscó a los colaboradores de Contorno sólo porque tenían influencia en el movimiento estudiantil. Estas afinidades fueron frágiles y breves y durante su vigencia, Contorno, significativamente, dejó de aparecer. Su reaparición se produjo no menos significativamente como consecuencia del desencanto ante el giro inesperado del frondizismo. Lo que no había podido realizarse en la acción se transformó en pensamiento crítico. En los números 9 y 10, que serán los últimos –si se exceptúa dos cuadernos posteriores–, la revista cambió de contenido, abandonó por completo los temas literarios. Aunque sus redactores nunca abundaron –muchas firmas eran seudónimos de los Viñas– se redujeron drásticamente a tres. David Viñas no intervino en ese número póstumo y Noé Jitrik fue excluido del comité de redacción por tener un cargo en el gobierno. La disolución del grupo estaba anunciada. Puede hablarse de una segunda época de Contorno donde dejó de ser una revista cultural para transformarse en el portavoz de una minúscula fracción de frondizistas arrepentidos que intentaron crear una alternativa de izquierda. El primer Contorno había comprendido que el papel del intelectual debía ser la critica social y política a través de las expresiones culturales de la Argentina, y ése fue su aporte imperecedero. El segundo Contorno mostró lo ilusorio del proyecto del “intelectual orgánico” que pretende orientar al político.

 

imagen: Horacio Coppola

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24 abril 2013 3 24 /04 /abril /2013 01:32

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Es difícil borrar los recuerdos personales de esta despedida a David Viñas. Cuando regresó del exilio en 1983, aterrizó en Ezeiza sin un peso. Vivió unas semanas en la oficina de la revista Punto de Vista . A pulso, por escalera, subió ocho pisos la cama que alguien le había prestado, mientras gritaba: "¡Hermanita, allá vamos, como Cristo!". Tenía entonces más de cincuenta años (había nacido en 1927) y llegaba como un joven, sin nada, todo por delante.

Aunque, en realidad, detrás de sí había muchos libros, y uno fundamental para pensar la cultura en este país: Literatura argentina y realidad política, de 1964. Ese libro comienza en la revista Contorno , que fundó con su hermano Ismael en noviembre de 1953. La edición facsimilar, publicada por la Biblioteca Nacional en 2007, permite ver que esa revista fue un banco de pruebas del pensamiento político, de la crítica literaria y de la historia cultural de la generación de Viñas: en la primera página del primer número hay un artículo de Juan José Sebreli; escribieron en Contorno Noé Jitrik, León Rozitchner, Tulio Halperin Donghi, Ramón Alcalde, Carlos Correas y siempre, con su nombre o con diversos seudónimos, los dos hermanos Viñas. Contorno quiso ser una respuesta a Sur y lo fue para los que vinimos después, no porque atacara a Sur, sino porque leía otra literatura argentina, de otro modo.

El número 4 de Contorno , de diciembre de 1954, está dedicado a Martínez Estrada. David Viñas lo llama un "heterodoxo argentino". Definiendo a Martínez Estrada, Viñas se definía a sí mismo anticipadamente. Siempre fue un escritor nacional; siempre fue un heterodoxo. Hoy ya es posible decir que Viñas y Martínez Estrada son los dos grandes ensayistas ideólogos del siglo XX.

Literatura argentina y realidad política fue el libro de quienes comenzábamos a leer en los años 60. Inauguró temas: nadie que lo haya leído olvidará "La mirada a Europa: del viaje colonial al viaje estético" ni el ensayo sobre intelectuales y escritores profesionales en 1900. "Los dos ojos del romanticismo" sigue siendo uno de los grandes textos de la crítica y mucho más: una hipótesis sobre literatura e historia, ese par conceptual que nunca dejó de obsesionar a Viñas; una hipótesis sobre la mirada intelectual y la mirada estética, esas perspectivas que también lo obsesionaron siempre. Literatura argentina y realidad política fue una revelación. Durante décadas, esa revelación se repitió en las clases de Viñas, en Rosario, en Buenos Aires, en Dinamarca, en Estados Unidos. Un estudiante de medicina que lo había escuchado en Los Angeles me contó el efecto convulsionante de una conferencia suya: se entraba de un modo y se salía cambiado: abandonó la medicina para dedicarse a la literatura. No tengo dudas de ese poder iniciático y transformador porque muchos comprobamos su potencia. Traerlo a Viñas a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en los años 60 fue un programa de máxima que no se alcanzó nunca. Llegó a esa facultad con la democracia, en 1984.

Pero antes se podía escuchar a Viñas en los bares o en las reuniones de grupos políticos. Fugazmente, militamos en el mismo partido, para el que Viñas dirigió una revista cuyo título, por cierto, había sido idea suya: La Comuna . Viñas discutía como si invariablemente el desenlace fuera definitivo y en él se jugara todo. Tenía una visión totalizante de lo que una discusión ponía en juego. Violento y arrollador, era, al mismo tiempo, democrático: discutía con quien tenía adelante, escuchaba a quien se sentara a su mesa, no establecía jerarquías de interlocutores. Flamígero y horizontal, valga el oxímoron.

Fue durante toda su vida un hombre de izquierda. Su origen familiar era radical (léase esa sólida novela Los dueños de la tierra , donde hay pistas familiares) y ese origen le trasmitió saberes nacionales, lo hizo baquiano de las tradiciones, las herencias y los linajes desde el siglo XIX. Odiaba como si los personajes del pasado continuaran su vida en el presente. Nunca dejó de criticar a Lugones, como si fuera un contemporáneo. Su gran libro Indios, ejércitos y fronteras(1982) fue al mismo tiempo una quebrada alegoría de los crímenes estatales del siglo XX y una denuncia de los del siglo XIX. Era partidario, siempre. Pero Tulio Halperin Donghi lo citaba con respeto. Hizo del partidismo el impulso vital de sus investigaciones: no fue el obstáculo que temen los débiles, sino la fuerza que permite ver más a los inteligentes.

Nunca pudo leer a Borges. En 1981 nos dijo a Carlos Altamirano y a mí en un reportaje que fue el primero que se publicó en la Argentina posterior al golpe: "A mí, Borges no me interesaba". Un insulto al sentido común literario, que Viñas pronunció impertérrito. Borges no le interesaba y tampoco le interesaba una parte importante (fundamental) de la literatura argentina del siglo XX. En cambio, entendió a Roberto Arlt y a Sarmiento. Este es uno de los enigmas que Viñas deja abiertos. Habrá que responderlo, porque no es justo ni perspicaz decir superficialmente: allí estaban sus límites. Más bien habría que admitir que Viñas tenía una mirada penetrante y estrábica. No hay que coincidir con Viñas para reconocer que ese "Borges no me interesaba" encierra una cuestión que tiene pliegues más atractivos que la adhesión ciega a un parnaso literario. En las palabras de Viñas no hay simplemente ceguera sino una discusión estética profunda. No es necesario coincidir para entenderlas.

Su literatura era sencillamente no borgeana. La gran novela (cada uno marcará la que considera su gran novela) fue Cuerpo a cuerpo , publicada en México en 1979. Allí colocó a un general del ejército, una guerrillera, un periodista. Pero es mucho más que un relato sobre un militar y la violencia. Viñas escribió esa novela experimental casi a los cincuenta años, como si se tratara de un proyecto de juventud enloquecida. Basta hojearla para descubrir un texto extremo, fuera del mercado, fuera del horizonte de los lectores: pura literatura, cuando la literatura es pura precisamente por no serlo, por tragarse todo: ideología, política, sexualidad, perversión, violencia. Pura literatura que busca contaminarse con todo. Fue hombre de teatro, guionista de cine. Se ganó la vida con la escritura, aunque no hablaba de profesionalismo jamás.

Las novelas de Viñas tienen el sentido de lo material. Maestro del detalle, capta los ademanes y los tics, persigue los cuerpos en sus convulsiones y recovecos. No es un escritor típicamente realista porque siempre desborda, siempre escribe más de la medida. Careció, en verdad, de medida. Con los años, sus novelas se hicieron más desmesuradas; se sujetaron menos a cualquier regulación; amplificaron los parlamentos de sus personajes o redujeron los diálogos a tres o cuatro palabras. Viñas era un realista que abandonó las técnicas del realismo. En sus comienzos, había leído a Dos Passos, a Hemingway, a Sartre y a Faulkner. Después vino un desmadre, un exceso, algo que fue su marca de escritura; pero conservó siempre, inalterable, el deseo de verdad histórica, esa tensión que no es representativa ni meramente estética sino ideológica.

Su muerte abre el capítulo "Viñas de la cultura argentina". Ignoro cuántos años pasarán antes de que ese capítulo se escriba. Como con Martínez Estrada o con Murena, puede haber momentos de oscuridad y grandes relecturas. Quienes lo conocimos, sabemos que la síntesis, tratándose de David Viñas, nunca fue sencilla. Producía admiración e inquietud; a veces, miedo; era posible pelearse con él y pensar que esa había sido la última vez. En un mundo de encontronazos mezquinos, las peleas de David Viñas siempre fueron generosas: discutía sólo por ideas. Desaforado, sus reacciones tuvieron siempre la nobleza de quien no calcula las consecuencias. Peleaba sin beneficio de inventario. Nunca administró su fuerza. En eso se pareció a Sartre. Un Sartre arrastrado por flujos de gasto personal infinito. También los une la idea de intelectual comprometido, esa fórmula que ya no se usa, que él mismo había dejado de usar, pero que lo definía bien porque algunos hombres (pocos) siguen pareciéndose a lo que quisieron ser en su juventud.

La última vez ha llegado ahora. Hace poco más de un año, lo encontré en un bar de la calle Corrientes y Rodríguez Peña. Nos habíamos alejado, y ambos nos abrazamos pensando (yo, por lo menos, lo pensé) que posiblemente la mayoría de las cosas presentes seguían separándonos, pero que valía la pena abrazarse porque nunca se sabe. Hoy ya se sabe. Quizás esta misma nota lo habría enojado a Viñas: "Hermanita, ¿en el diario de los Mitre?". Así llamaba invariablemente a este diario. La pregunta forma parte de lo mucho que nos separaba. Sin embargo, soy su alumna, de la manera infiel en que se puede serlo, de la única manera en que David lo habría admitido. © La Nacion (12-3-2011) 

imagen: Sara Fascio

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