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19 agosto 2012 7 19 /08 /agosto /2012 01:26

beach-fence--wellfleet-cape-cod-dapixara-art.jpg

 
 

1.
 
También tienes tu idioma,
    inquietante popurrí de chasquidos
       ululatos y trinos,
llamados de ubicación y de amor,
    silbidos y gruñidos.  Ocasionalmente,
 es el ruido de muebles destrozándose,
o el crujir de una puerta enmohecida,
    sonidos que se derriten, todos, en una líquida
        canción de infinitas variaciones,
como para  compensar
    la vasta soledad de los mares.
        Una voz inmaterial irrumpe a veces,
como de lejanos arrecifes,   
    y escucharla es casi intolerable 
       con su ancho lamento enlutado,
su tristeza sin nombre, que a la vez excede
    y no alcanza lo humano.   Su rumor
       se arrastra en el oído como 
un disco deteniéndose.
 
 
2.
 
No hubo viento. Ni olas.  Ni nubes.
   Sólo el murmullo de la marea,
       retirándose, acariciando la orilla, 
una perezosa corriente de gaviotas en lo alto,
    y puntos mínimos de luz 
       burbujeando en el canal.
Fue en el confín del verano.
    Te deslizaste desde la boca del puerto
        hasta donde pudimos verte,
destellando la noticia de tu advenimiento,
    cortando la superficie diamantina 
       con el creciente de tu aleta dorsal.
Aplaudimos tal esplendor
    cuando hizo erupción  la negra barrica 
         de tu cabeza, embistiendo las aguas,
y floreciste para nosotros
    en la alta fuente de tu  respiración.
 
 
3.


Toda la tarde nadaste, 
    incansable,  contornando la bahía,
       con tan plácido movimiento,
los leves giros de tu aleta caudal,
    y la tenue ondulación de las dorsales,
hacían pensar en una cosa vertida,
    y no guiada; en el feliz matrimonio
        de la gracia y el vigor
Y cuando elevaste tu salto por los aires,
    batiendo las aletas ,
       sentimos el placer de contemplar
la pura encarnación de la energía
    en la nobleza de la forma.
Parecías no querer que te viésemos
    con empatía, ni amor,
       ni comprensión,
sino con asombro y sobrecogimiento.
 
Esa noche te contemplamos
    nadando bajo la luna.
       Tu espalda era de un gris fundido.
Adivinábamos tu paso silencioso
    por la fosforescencia de su estela.
Al amanecer te hallamos varado entre las rocas.
 
 
4.
 
Un muchacho se acercó y luego un hombre
    y aún llegaron otros corriendo, y dos
       niñas de colegio,  con trajes amarillos
y un ama de casa acicalada 
    con sus rollos, y familias completas en vehículos 
       de playa, con un surtido de perros aullando.
La marea se había apartado completamente.
    Era posible rodearte a pie, 
         mientras tus pesados suspiros te hundían en el bajo,
clavado por tu propio peso,
    colapsado en ti mismo,
       tus aletas estremeciéndose 
en temblores,  tu espiráculo
    burbujeando espasmódicamente, rugiendo.
       En la fosa abierta de tu boca
se descubrían las barbas alambradas,
    un penacho de cerdas como cuernos.
       Cuando el  Encargado de Mamíferos
llegó desde Boston
    para tomar unas muestras de tu sangre
        ya rezumabas por debajo.
Alguien había tallado sus iniciales 
    en tu flanco.  Los buscadores de souvenirs
      habían arrancado tiras de tu piel,
membrana delgadas como el papel.
    Estabas ampollado y herido por el sol.
        Las gaviotas te habían estado picoteando.
El ruido que hiciste fue un balido irregular y ronco.
 
¿Qué nos atrajo, como un imán, hacia tu muerte?
   Creaste un vínculo entre nosotros,
       centinelas de la guardia nocturna,
que te rodeamos en círculo,
   embriagados a la luz de la hoguera.
        Cuando llegaba el alba compartimos
 contigo la hora de tu desolación,
    la  pasión tenaz y gigantesca 
         de tu clamor de ultramundo,
mientras echabas tu cabeza ciega
    hacia nosotros y abrías laboriosamente
         un ojo inyectado de sangre, brillante,
en el que nadamos con pavor y reconocimiento.
 
 
5.
 
Viajante, jefe del mundo pelágico,
    trajiste contigo el mito
       de un país lejano, recordado apenas, 
en el que reptiles voladores
   atravesaban el vapor de los fangos 
       y los lagartos del trueno con sus trompetas
se regodeaban en los cañaverales.
 
   Mientras sobre la tierra se erigían y desplomaban imperios,
       tu patria, que dio pecho al mar abierto,
se meció al ritmo consolador 
    de las mareas.  ¿Quiénes, de nuestros ancestros, fueron los primeros 
       en hundirse dentro de aquellos coloreados crepúsculos
para escudriñar el fondo de la oscuridad?
    Te extendías por el camino del Atlántico del Norte 
       desde Puerto España hasta la Bahía de Baffin
bordeando los témpanos de hielo
    atravesando el grosor estival,
       golpeando el agua con tu cola, elevándote en el aire, voceando,
pastando en las dehesas del mar

    un plancton anaranjado, rico en krilles
       y crujiente de vida.

Descendiste por la plataforma continental
    guiado por el sol y las estrellas
       y el sabor de los sedimentos aluviales
en tu camino hacia el sur
     hacia las temperadas lagunas,
       el trópico del deseo,
donde los amantes yacen vientre a vientre
en la sensual refriega de su deporte;
       y te diste la vuelta, como un dios exiliado,
apartado del ancho elemento primigenio,
    cedido a la misericordia del tiempo.
         Maestro de las rutas de las ballenas,
permite que las alas blancas de las gaviotas
    extiendan su manto sobre tu cuerpo.
         Te has convertido en nuestro semejante,
desgraciado y mortal.

 

versión Rossana Plessmann

imagen: cabo de Wellfleet

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Published by Carlos de Landa
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