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6 agosto 2012 1 06 /08 /agosto /2012 19:41

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Los últimos capítulos de Eros y Tánatos, de Norman O. Brown, fueron, a decir de Susan Sontag, un schock para el lector norteamericano de los años 1960's. El problema del mundo moderno, señala su autor, no es la carencia de significado de la existencia profana, es la religión de la culpa en la cual se origina el esquema del tiempo. El problema verdadero es el sentimiento de culpabilidad de la especie humana que provoca la pesadilla de la historia y los ritos expiatorios de regeneración cíclica mesiánica. El homo economicus trata de liberarse de la culpa compartiéndola. El dinero se torna así en el nuevo núcleo de un nuevo complejo de acumulación. El dinero es la materia muerta inorgánica que se ha hecho viva al heredar el poder mágico que el narcisismo infantil atribuye al producto excremental. Mientras que el hombre arcáico vence la muerte para vivir la vida de sus antepasados muertos, la ambición del hombre civilizado se revela en la pirámide, obra de los primeros individualistas modernos. En la pirámide reposan al mismo tiempo la esperanza de inmortalidad y el fruto del interés compuesto:

 

El hombre civilizado afirma su individualidad, y crea la historia. Pero la individualidad que afirma no es la afirmación de la vida o el gozo de la vida sino la negación de la vida (lo ascético), la individualidad del descontento y de la culpabilidad faústica. La individualidad civilizada, en la imagen de Nietzsche, no se ama a sí misma, sino ama a los hijos,  ama los herederos, ama los bienes. La vida sigue siendo una guerra contra la muerte. 

 

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El libro de Brown terminaba señalando que la resurrección del cuerpo (reprimido) resulta ser una poderosa proyección social que toca a la humanidad entera y se convertirá en un problema político práctico cuando los hombres de Estado del mundo tengan la obligación de otorgar la felicidad en vez del poder, cuando la economía política se convierta en una ciencia del gozo en vez de una ciencia de la acumulación. Esta promesa Norman O. Brown la desarrolló en su siguiente libro titulado Love's Body, una suerte de texto colectivo de esa misma 'humanidad entera' en el que las fantasías de la metamorfosis colectiva dan inicio a la primera etapa de la liberación del cuerpo. Todo está allí: el yoga de Patanjali, Ovidio, Petrarca, Goethe, Marx, Freud. Leído a casi medio siglo de distancia Love's Body se muestra como una obra posmoderna, actualísima, una obra hecha de fragmentos que le da voz al inconsciente colectivo del género humano visto como un árbol, el árbol de Ezra Pound:

 

Me quedé quieto y un árbol fui por entre el bosque,

y supe la verdad de las cosas no vistas antes;

de Dafné y de la rama de laurel

y esa antigua pareja que festejaba a los dioses

y surgía, olmo-roble, en el páramo.

 

Decía Herbert Marcuse, en su reseña crítica del libro de Brown, que al autor de Love's Body le gustaba citar la frase de Adorno "En psicoanálisis solamente las exageraciones son verdad", precisamente porque las exageraciones pueden, con la violencia del schock, elucidar el horror del todo, la profundidad de la decepción y la promesa incomunicable de un futuro que puede volverse realidad solo mediante la total aniquilación del pasado y el presente. Apocalipsis y Pentecostes: destrucción de todo y redención de todo: la liberación de todo el contenido reprimido, la abolición del principio de realidad y, quizás, de la realidad misma, puesto que para Brown lo que llamamos realidad no es más que una ilusión. La liberación se torna así en transubstanciación, resurrección del cuerpo, mientras que la revolución se vuelve revelación: Platón y Freud, Marx y Cristo: la gran unión y comunión de los opuestos, la superación de toda división ente hombre y mujer, el yo y el otro, lo suyo y lo propio, cuerpo y espíritu. Norman Brown se mueve de este modo en los límites de la comunicación. En sus mejores partes el libro es un poema y una canción, y puesto que los argumentos se desarrollan en fragmentos relativamente autosuficientes, en pequeños párrafos y aforismos, su flujo es más musical que de orden conceptual. ¿No estamos ante la mistificación del amor? y se pregunta Marcuse si una interpretación simbólica puede remover el impacto de muchos siglos de decepción y explotación que, a su vez, han definido la connotación de los fragmentos citados por Brown. Este uroboros simbólico era en verdad la reconexión de lo arcáico y lo moderno: mistificación y demistificación, no representan la abolición del viejo templo sino el descubrimiento del verdadero templo. En una visión dialéctica el ateismo se vuelve divino, teurgia, la demistificación se vuelve el descubrimiento del nuevo misterio y todo permanece igual.

 

When silence

Blooms in the house, all the paraphernalia of our existence

Shed the twitterings of value and reappear as heraldic devices. Robert Duncan       

 

 

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Published by Carlos de Landa
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