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17 agosto 2012 5 17 /08 /agosto /2012 03:21

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Hago un paréntesis en mi recorrido por la cultura visual y el pensamiento crítico en los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX, para volver al tema del holocausto, la Segunda Guerra Mundial, y particularmente la crítica que Walter Benjamin hizo, en su momento, de la conmemoración de las batallas, las víctimas y los héroes de la Primera Guerra Mundial. Tanto los argumentos de Benjamin (acerca de la carga explosiva völkish de los parques y monumentos conmemorativos dentro de la ideología protonazi de los años veintes) como los de Rose pueden leerse como sendas reflexiones dentro del marco característico de la dialéctica frankfurtiana, sin que ambos autores hayan sido por ello miembros de aquel famoso instituto. Benjamin los mantuvo a distancia y Rose comenzó su carrera filosófica con un excelente ensayo crítico sobre Theodor Adorno. En todo caso, es Benjamin quien está detrás de Adorno y su discípula.

En 1990, la filósofa británica Gillian Rose (1947-1995) fue invitada por las autoridades polacas para formar parte como consultora de una comisión acerca del futuro de Auschwitz. ¿Cómo hacer de ese lugar un monumento en memoria de lo que allí ocurrió?  Era claro entonces que para el anterior régimen comunista Auschwitz había sido solo parte de una campaña propagandista para ensalzar las hazañas comunistas en contra del nazismo. Estaba claro que esta imagen distorsionaba la identidad del antiguo campo de concentración y el gobierno polaco buscaba restablecerla mediante un proyecto de reconstrucción arqueológica e investigación histórica de grandes proporciones. Pero Rose objetó que dicha revaloración corría el riesgo de convertir el antiguo campo en un parque conmemorativo y llevarlo a una incorporación inevitable a la industria cultural globalizada. Rose era muy crítica de lo que ella llamaba la 'devoción (piety) del holocausto' o la 'beatería del holocausto' para decirlo con palabras más francas. Tal devoción se encontraba necesariamente con otros motivos políticos que habían llevado a la institucionalización de dicha conmemoración (fue incluso fijado el día 1 de noviembre como día del holocausto) dentro del marco de la industria cultural dominante. Por ejemplo, el tema de la última y original barraca de madera que había quedado del campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y que se cotizaba enormemente en el ámbito internacional de parques conmemorativos sobre el holocausto. Lo que surgía del ámbito conmemorativo era una auténtica medievalización de la cultura, con sus reliquias, sus monumentos y su nueva religión civil: "El holocausto se ha convetrido en los Estados Unidos en una nueva religión civil, con Auschwitz como la anti-ciudad de la comunidad política norteamericana". Dicha religión ha creado devotos con un apetito medieval por las reliquias. Y, como en el caso del culto medieval a las 'santas reliquias' el nuevo culto construye sus museos y memoriales en lucha con otras instituciones similares. Auschwitz se ha vuelto la anti-ciudad simbólica de las comunidades políticas de Occidente, particularmente de los Estados Unidos y la Gran Bretaña, y todo este manejo político desvirtúa el sentido de la memoria profunda de un acontecimiento eminentemente genocida, no heroico: "Por supuesto que debemos de agradecer que nuestros gobernantes no sean nazis, pero en su imagen más ruda la devoción del holocausto no es sino la sistemática sentimentalización de dicha gratitud, una estrategia para convertirla en una autocongratulación lacrimosa". En 1994, Rose escribió un ensayo titulado: Los comienzos del día: fascismo y representación. Para su autora el atractivo del fascismo descansaba en la apropiación sentimental de la propaganda, con una visión del pasado como trauma histórico, una visión en la que los sujetos son meros espectadores voyeuristas. Pero dicha visión sentimental ha pasado al sector antifascista y se corre el riesgo, como en la cinta de Spieldberg: La Lista de Schindler , de ver los horrores de la persecución y 'solución final' contra el pueblo judío con los ojos inocentes de un niño sobreviviente. Esa visión es la que domina en la beatería conmemorativa y de ella no surgirá ciertamente una reflexión crítica. En este sentido, Walter Benjamin y Gillian Rose coinciden a la distancia al rescatar la verdadera memoria (por lo menos al dar el primer paso, mostrando lo que no es) del falso recuerdo, que hoy ha sido convertido en reliquia medieval dentro de los viejos y nuevos espacios 'conmemorativos' de Europa y los Estados Unidos. 

 

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Published by Carlos de Landa
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