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10 marzo 2012 6 10 /03 /marzo /2012 21:27

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La tensión que se produce entre los principios contrapuestos de la continuidad y del cambio constituye la dinámica de la historia. Nada de lo que parece permanente en la historia se salva de la sutil erosión transformadora de sus estructuras; pero, por otra parte, ningún cambio, por muy  violento o radical que parezca, rompe del todo la continuidad entre el pasado y el presente. Las grandes crisis: la conversión del imperio romano al cristianismo, la Revolución inglesa del siglo XVII, la francesa y la bolchevique representan esa tensión en su forma más aguda y, como hitos dramáticos que jalonean la historia, reflejan, y ponen en movimiento, nuevas fuerzas sociales que alteran el destino y las perspectivas de la humanidad. En su clásico estudio sobre la revolución francesa, Tocqueville señala las dos características principalesdel cambio revolucionario: el schock repentino de su impacto y su alcance casi universal:

 

En la Revolución francesa... la mente del hombre se desarraigó por completo, ya no sabía a qué aferrarse ni dónde detenerse; surgieron revolucionarios de un tipo nuevo que hacían gala de una audacia rayana en la locura, que carecían por completo de escrúpulos y que jamás vacilaban ante cualquier empresa. No se crea que estas nuevas criaturas eran productos aislados y pasajeros del momento, destinados a desaparecer con él: desde entonces han constituido una raza que se ha reproducido y extendido por todo el mundo civilizado y que en todas partes conserva la misma fisionomía, las mismas pasiones y el mismo carácter.

 

A este respecto, la revolución bolchevique no fue a la zaga de su prototipo; nunca como entonces se rechazó con tanta violencia y de manera tan radical la herencia del pasado; nunca como entonces se pregonó tan rotundamente la universalidad de una idea; en niinguna otra revolución anterior pareció tan absoluta la ruptura con la continuidad.

Con todo, las revoluciones no solucionan la tensión entre la continuidad y el cambio, sino que, por el contrario, la agravan, ya que la dinámica revolucionaria estimula las fuerzas en juego. En el ardor del momento, el afán de cambio parece dominar por entero sobre las inclinaciones conservadoras. Pero la tradición no tarda en manifestarse como potente antídoto contra el cambio; en realidad, permanece aletargada en tiempos  normales,  y solo percibimos su resistencia al cambio cuando entra en contacto con cualquier otra "tradición" que se enfrenta a la nuestra. De esta manera, mientras la revolución toma cuerpo, el cambio y la continuidad combaten codo a codo, a veces peleando entre sí, a veces fundiéndose, hasta que se establece una nueva síntesis durable. El proceso puede durar unos pocos años o unas cuantas generaciones. Pero en términos generales, entre más lejos queda en el tiempo el impacto inicial de la revolución, con más fuerza se impone el principio de continuidad sobre el principio de cambio. (Introducción al capítulo1 de El Socialismo en un solo país.   


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Published by Carlos de Landa
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