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20 abril 2013 6 20 /04 /abril /2013 04:54

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“Creo que desde comienzos de siglo XX, o si quiero fijar el centenario como fecha, la cuestión de conciliar República y Democracia aparece como una tarea que nunca termina por resolverse. Los republicanos aparecen asociados a una empresa que tiene que ser regida por elites políticas o intelectuales, es decir, por elites cultivadas, y en el curso de esta empresa surgen movimientos, primero el radicalismo, después el peronismo, que alteran este cuadro. Son movimientos que democratizan la participación política, en el caso del radicalismo amplía la democratización política y es lo que hace pasar de una República oligárquica a una República democrática, y aun cuando parece fracasar; porque alguno podría decir que el golpe de Estado de 1930 implica, entre otras cosas, también el fracaso del radicalismo, lo cual es cierto, pero torna obsoleta cualquier solución que implique una restauración de la República oligárquica. Esta puede funcionar fraudulentamente pero no negar ya los derechos políticos que se han instituido. Cuando aparece el peronismo, incorpora masas de trabajadores, masas populares, pero esas otras masas que son las mujeres, con el voto femenino. O sea: democratiza no sólo política sino también socialmente el universo de los que entran en el juego político. Esto hace aún más inviable cualquier pretensión de volver, no digo ya a 1930, de volver a 1943. Pero ni el radicalismo, por lo menos no el radicalismo de 1916 a 1930, ni el peronismo, van a tener su fuerte en la gestión republicana del poder. Esa contraposición sin resolución yo creo que es una cuestión aún pendiente. Formalmente, ateniéndonos a la Constitución, nosotros somos un país que se rige por un régimen representativo, republicano, etcétera. Pero los partidos populares han sido más… ¿cómo decir?, han estado más ligados a la idea de la democracia como soberanía popular, soberanía del pueblo, que a la idea de democracia vinculada al funcionamiento republicano de las instituciones. Y los que han reivindicado este funcionamiento en general lo han hecho frente a gobiernos populares, mientras bendecían muchas veces intervenciones militares para educar al pueblo, para que el pueblo finalmente aprendiera a votar. Que es la idea de que el pueblo va a poder votar cuando en realidad haya sido civilizado políticamente”.

Hay algo que destaca a la Argentina respecto del contexto inmediato, no voy a decir de todo el contexto de hispanoamérica pero digamos del Cono Sur –si uno compara con Uruguay, con Chile, aún con Brasil–: la Argentina ha sido un país al que le ha costado elaborar una elite de relevo de la elite tradicional que procedía de aquella Argentina oligárquica. El radicalismo no pudo producir ese relevo. El peronismo no lo pudo producir enteramente. De una manera que uno puede observar en un lugar que pareció también muy destrozado por la experiencia de la dictadura, como fue el caso del Uruguay. Pero ahí uno ve lo que se llama en el lenguaje politológico una “clase política”. Primero, la clase política tradicional, la de los dos partidos: colorados y blancos. Pero ha surgido otra, que muestra capacidad de gobierno pero capacidad de inclusión de los otros dentro del orden que se crea a partir de su predominio. Creo que el ejemplo que da Mujica no puede ser entendido en sentido inmediato, tiene que ser situado en una tradición política, la uruguaya, que ha sido diferente de la argentina. Chile: se va Pinochet y reemergen, no digo los mismos individuos que habían sido perseguidos, pero, de nuevo, una elite política que gestiona el país durante veinte años y que encuentra la manera… Uno podría decir, había una tutela militar que seguía obrando, pero de todos modos encontró una manera de administrar esta mezcla de capitalismo con cierta regulación estatal,  no mucha, más parecido a un gobierno liberal que a un gobierno socialdemócrata, con algunos elementos de socialdemocracia. Hoy se produce un traspaso, viene un gobierno conservador y Chile se parece al Chile de siempre: conservadores y socialistas, o reformistas. La política brasileña es una política de elites, de grupos, no de partidos, donde el transfuguismo es un hecho regular. ¿Cambió eso? No mucho. Pero se ha ido regularizando una vida institucional, donde no son traumáticos los pasajes de un orden al otro y no aparece esta tentación que a nosotros nos asiste permanentemente, y muchas veces lo queremos, la tentación refundacional. La idea de que hay una especie de punto cero en la historia en que podés edificar todo de nuevo.

La Argentina ha sido, socialmente, el país más igualitario del continente. El igualitarismo es más fuerte en la Argentina que el sentido del mérito: ¿por qué está él ahí y no también yo? Tal vez eso, que se expresó muy bien a través de los movimientos populares –el radicalismo mucho más que el socialismo en las primeras décadas, el peronismo de la segunda mitad de los 40 en adelante– no fue un factor que ayudara a producir esa diferenciación que da lugar a la formación de elites, de minorías. Ese es un problema, sobre todo si a eso se le añade algo que yo creo que pertenece a una historia más larga, y no le encuentro otra fórmula que esta que no sabría explicar muy bien: es como si los argentinos amáramos más la discordia que la idea de la empresa común. Una inclinación a buscar siempre el gran culpable de las frustraciones colectivas o personales, una mayor inclinación en los grupos políticos, en los partidos, a concebirse como la representación del bien y al otro como el mal y nada más que el mal, lo que hace el antagonismo la forma de existencia de la vida política, y poca proclividad a reconocer errores propios y aciertos en el otro: la tendencia que tiene la sociedad argentina y sus representantes a dividirse contra sí misma, por así decirlo.”

Yo diría que la inclusión en los cuadros de la administración de la República oligárquica fue el último momento en que una parte de las elites intelectuales fueron parte del juego político. Desde los años 20 en adelante el mundo de los intelectuales ha estado más a distancia de la vida política que incluido en ella. Los discursos de Martínez Estrada o de Mallea eran discursos que interesaban a otros intelectuales, que tenían poco eco fuera del mundo de las letras, del mundo de los escritores. El esfuerzo mayor por parte de una elite para instituirse como un mundo culto de relevo respecto de la antigua elite liberal fue el realizado por los nacionalistas y finalmente fracasa. Es una elite muy chica, en 1930, y por lo tanto juega un papel de poco relieve; y al poco tiempo se considera que ha apoyado a una espada sin cabeza que es el general Uriburu. No era chica y tenía mucha gravitación en los años 40, pero el César al que aspiraban no responde a las expectativas, les parece demasiado vulgar, demasiado interesado en ganar las elecciones más que en ocupar un lugar en la Gran Historia. Luego ven que Perón no es la revolución nacional prometida sino una revolución más social, pero no se desplazan, hasta el 54, hacia la oposición, porque temen a ese mundo liberal comunista, como ellos lo ven. Cuando se produce el conflicto entre Perón y la Iglesia sí se pasan abiertamente a la conspiración. Tampoco logran hacer ese relevo de elites los católicos, pese a que hay un empeño por ser, no digo los que gobiernan, pero sí gravitar entre los que mandan.

Yo creo que hoy es muy visible el papel de los periodistas en ese rol de ideológos, creo que a veces por extensión de lo que ocurría en otras partes, o mejor dicho de lo que presuntamente ocurría en otras partes, porque yo tampoco creo que el pensamiento de Sartre fuera tan relevante para el mundo político francés.

Yo diría que esta separación de los intelectuales y la política no ha sido buena ni para los primeros ni para la segunda. Creo que la política hubiera sido mejor sin ella. Está el caso de Chile, donde hay mucha más interacción entre elites intelectuales y política; también hay más en el caso de Uruguay, hay más en el caso de Brasil. Marco Aurelio García es el asesor por excelencia de Lula. Es un cuadro intelectual, como uno diría, formado más o menos en el mismo mundo de Portantiero, Aricó… Eso parece impensable en el caso de la Argentina. Hubiera sido bueno, creo yo, para los políticos y la política, y hubiera sido bueno para los intelectuales, porque los saca de la inclinación a la abstracción y la representación fantasiosa de lo que es el mundo político, la acción política. No quiero hacer el papel de Maquiavelo de suburbio, pero creo que un poco de irrealismo es una característica bastante general de los intelectuales argentinos. Muy inteligentes, brillantes a veces; pero más brillantes como moralistas públicos que en la complicación política, en la formulación de la realidad.”

¿Cómo decía Perón? El pescado comienza a pudrirse por la cabeza. Yo creo que hay una responsabilidad de las elites. Primero. El gobernante tiene una función docente que contribuye a la formación de un cierto espíritu público. Yo diría que hay una responsabilidad fuerte de las elites políticas. Pero la sociedad tampoco es una gran señora inocente de que esto ocurra. La tendencia a involucrarse sólo ocasionalmente en la vida cívica, de ver la política como un lugar donde corrés riesgos a menos que hagas buenos negocios, no es un hecho de los últimos 30 años ni de los últimos 50 años. En los años ‘20, ‘30, incluso antes (es un tema de Sarmiento, por ejemplo), los nacionalistas atribuían el no involucramiento al carácter inmigratorio de buena parte de la población de la ciudad. Esto tiene su historia y su tradición. Hay otra cosa, me parece, que es distinguir este gran escenario ruidoso, la gran vidriera que es Buenos Aires, y el resto del país. Hay cosas que ocurren en Buenos Aires y no ocurren en otros lados. Son más estables las lealtades en el interior de la Argentina. Te puede parecer bien, es un mundo más conservador, o te puede parece mal, como lo juzgues. Pero finalmente si uno se pone a pensar cuáles fueron los escenarios más importantes del rechazo del 2001/02, fue Buenos Aires fundamentalmente y algunas otras pocas ciudades.”

Creo que se ha generado un consenso en torno a la condena al golpe de Estado y la necesidad de la justicia, que la justicia se ejerza sobre los culpables. La cuestión es cómo salir de ese trance que liga al país al pasado: cómo conferirle un rostro al futuro argentino. Creo que ese es uno de los problemas que están pendientes, y cómo actuar con ese legado si se quiere construir una Nación que tenga un porvenir. Creo que hay varias cuestiones: una de orden político y otra de orden cultural, ético, eso que se llama una afectividad colectiva; lleva mucho tiempo hacer el duelo de esas pérdidas. El hecho de que sean desaparecidos duplica lo que es la elaboración de esas pérdidas. Es una cuestión que sigue abierta.”

 

Imagen: Dany Yako, "10 de Diciembre"

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Published by Carlos de Landa
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